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Alianza por el Bienestar de los Animales A.C.
"Educamos y esterilizamos por un mundo mejor para todos"
El rol del Estado. El rol de las ONGs. la "Tenencia Responsable". Las presiones.Tiempo de decisión: Sostener mitos y prejuicios o encarar los viejos problemas con una nueva mirada. Por la Dra. Marta Dobry.

 

*Médica especialista en psiquiatría. Integrante del Club de Animales Felices entre los años 1995 y 2004. Autora de diversos textos sobre temas vinculados con el control ético de la fauna urbana y co-autora de los libros: "Animales agresivos. Problemas, mitos, soluciones", “Una experiencia desde la función pública"; y "Almirante Brown cambia la Historia. Una experiencia comunitaria", de la Colección Fundamentos, editados por el Centro de Ambiente y Fauna.
 

Exposición realizada en el I Seminario Nacional sobre el Control Ético de la Fauna Urbana.Santiago de Chile, 11 de noviembre de 2005. 

En primer lugar, agradezco a los organizadores de este Seminario por la invitación. Pero también debo agradecer a la ONG de la que formé parte entre los años 1995 y 2004 –el Club de Animales Felices- que es la entidad argentina que en forma pionera generó ideas y experiencias totalmente innovadoras, enmarcadas en los principios rectores de que la realidad es modificable y que esto puede –y debe- lograrse respetando la vida. Porque fue sólo a partir de haber accedido a esa nueva visión que me fue posible ampliar mi pensamiento, y desde ese andamiaje y con esa perspectiva, pude ir profundizando en varios temas y produciendo ciertos aportes –los ‘granitos de arena’-, algunos de los cuales hoy voy a compartir con ustedes. 

Obviamente, mi ponencia debe contextualizarse en mi participación en esa entidad durante una década y también al hecho de provenir de un país –la Argentina- que no sólo cuenta con una larga historia en lo que hace al movimiento proteccionista sino que desde el siglo XIX ha tenido dirigentes, estadistas, gobernantes y personalidades provenientes de las más diversas actividades que se han ocupado de estos asuntos. De hecho, en mi país existe desde el año 1954 una ley penal de protección a los animales, que –si bien hoy resulta incompleta y debería actualizarse- significó un gran avance. Y también provengo de una ciudad (Buenos Aires) en la que –por dar sólo un par de ejemplos- ya hacia 1910 se había prohibido el tiro al pichón o a la paloma, e incluso la exhibición cinematográfica de escenas de violencia para con los animales. Y donde en 1996 –cuando se convirtió en Ciudad Autónoma- logramos que se incluyera en su Constitución una norma que dice que la Ciudad de Buenos Aires “promueve la protección de la fauna urbana y el respeto por su vida; controla su salubridad, evita la crueldad, y controla su reproducción con métodos éticos”. Sin embargo, a pesar de las diferencias de contexto que puedan existir, creo que en estos temas es posible extrapolar situaciones sin temor a equivocarse demasiado. 

En consecuencia, voy a tratar de aportar elementos para pensar acerca de ciertos mitos, frases hechas y lugares comunes que –precisamente por lo “comunes” y repetidos- no suelen ser motivo de reflexión, y que son –en mi opinión- los que han llevado a transitar por caminos equivocados, que son callejones sin salida. Así, cuando ante esas situaciones uno no se da cuenta de que si se parte de premisas falsas lo único que se obtiene es una gran confusión y lo que se encuentra son falsas ‘soluciones’ que dejan los problemas sin resolver, lo que suele ocurrir es que se insiste en aplicar ‘más de lo mismo’. Y –si uno no se detiene en algún momento a pensar que tal vez en las premisas es donde está la falla- se permanecerá dando vueltas eternamente como en un carrusel, y no sólo sin solucionar los problemas sino provocando su inexorable agravación.

Los invito ahora a acompañarme a reflexionar acerca de algunos de esos mitos:

1) “Estos son ‘temas menores’, de los que el Estado no debe ocuparse”

2) “El problema es el abandono de animales que hace la gente”

3) “La culpa es de la gente, que abandona animales porque es ‘mala’ e irresponsable”

4) “La causa del problema es que a la gente le falta educación”

5) “El Estado sólo tiene que ocuparse del control de las zoonosis, y el control de la superpoblación no tiene nada que ver con las zoonosis”

6) “Las castraciones pueden ser una solución… pero a largo plazo”

7) “La gente –por su falta de educación y de responsabilidad- no quiere castrar a sus animales”

8) “El Estado (en el caso de dar servicio) tiene que limitarlo a los animales sin dueño o a los de dueños carenciados”

9) “En lo que concierne a los animales, el Estado sólo tiene que ocuparse de las zoonosis, porque todo lo demás es de exclusiva responsabilidad del dueño. Y además… ¿cómo el Estado va a destinar recursos para este tema, cuando hay niños muriendo de hambre?”

10) “Las ONGs deberían hacerse cargo de los animales sin dueño”

11) “El Estado sólo tiene que ocuparse de educar a la gente para lograr la ‘Tenencia Responsable’… que es la verdadera solución”

12) “Con los animales agresivos no se puede hacer otra cosa que matarlos”

Vamos a interrogarnos y a reflexionar sobre estos enunciados. Sabemos que es una tarea ardua, porque requiere el esfuerzo de despojarnos de los “saberes” establecidos, disponiéndonos a pensar todo de nuevo. Y lo sé bien, porque fue lo que a mí me sucedió, ya que también yo –hasta hace apenas 11 años- compartí todas y cada una de esas ‘frases hechas’ que mencioné. Y mi misión aquí es compleja, porque se trata de compactar en este rato una visión totalmente diferente, que para nosotros demandó años de análisis y evaluación, y que nos permitió arribar a conclusiones que –en muchos casos- hoy ya constituyen certezas, confirmadas por la experiencia. Trataré de cumplir con esta misión, y –para eso- tengo que pedirles paciencia.

Comienzo diciendo una obviedad: actualmente hay animales en la calle.Y lo habitual es que a todos se los califique como “abandonados”, lo que –inmediatamente- lleva a suponer que la culpa de esto la tienen personas ‘malas’ o sin educación que tuvieron la voluntad de abandonarlos.

Más adelante nos ocuparemos de esa supuesta falta de educación de la gente, pero me parece oportuno dejar ya aclarados un par de puntos sobre este aspecto.

1) El primero es que hay muy variadas razones por las que se puede encontrar un perro o un gato en la calle y que en la mayoría de los casos no tienen nada que ver con que la gente haya tenido la voluntad de abandonarlos. Por ejemplo: animal que tiene dueño, pero que callejea, o está perdido, o vive en la calle con su dueño que también vive en la calle; animal que quedó en la calle porque su dueño fue desalojado de la vivienda, o porque enfermó y fue internado o porque murió; cría no deseada que el dueño del animal no pudo evitar; cría no deseada que el dueño del animal no quiso evitar (por ejemplo, porque algún veterinario irresponsable le dijo que “es mejor para la salud del animal que tenga cría por lo menos una vez”); animal cuyo dueño se trasladó a vivir a otra región o a otro país; animal nacido en la calle; y por último, algunos casos en que efectivamente el animal ha sido abandonado por un dueño que por desidia o negligencia ha querido deshacerse de él.

2) Y el segundo punto es que la comunidad ‘absorbe’ a los animales que están en la calle en diversos grados: alimentándolos; y/o haciéndose cargo de proveerles atención veterinaria; y/o haciéndose cargo de hacerlos castrar; o adoptándolos en forma completa. Los tres primeros casos dan al perro o gato la condición de “animal comunitario”, mientras que la adopción completa constituye el grado máximo e ideal de ‘absorción’. 

Aclarados esos puntos, trazaremos un camino de razonamiento para no caer más en la trampa de confundir las causas con las consecuencias.Podríamos -como muchos lo hacen- quedarnos fijos en los datos enunciados al principio (hay animales en la calle, y es porque han sido ‘abandonados’) y centrarnos en ellos como si fueran las causas del problema. Así, llegaríamos rápidamente a dos conclusiones falsas: que educando a la gente (para que no abandone) y retirando a los perros y gatos que hoy están en la calle, esta situación se resolvería.

No vamos a polemizar acerca de si se trata o no de un ‘tema menor’, porque basta con comprender que -más allá de los motivos por los cuales las personas tienen animales- los animales son una realidad (existen), y también es una realidad que las personas tienen perros y gatos y conviven con ellos. Y que de esta convivencia surgen situaciones y problemas que requieren solución.

Ocurre que estos perros y gatos reales se reproducen en progresión geométrica, y debido a que hace milenios que el ser humano ha domesticado a estas especies, ellos han perdido la capacidad de autorregular su población.

Nos encontramos entonces con que existe superpoblación de perros y gatos, lo que explica por qué no todos los animales que están en la calle (y que –efectivamente- no tienen dueño) resultan adoptados en forma completa.Nadie quiere que haya perros y gatos en la calle, y en esto coinciden todos los sectores, tanto los que se conduelen por la situación de esos animales como quienes los consideran un riesgo para la Salud Pública y hasta aquellos que piensan que su presencia es ‘antiestética’.

Precisamente, desde el punto de vista de la Salud Pública resulta indispensable ejecutar acciones para disminuir la población de perros y gatos, tratando de llegar a un equilibrio entre su número y la cantidad de hogares en condiciones de alojarlos. Y el único modo de lograrlo es implementando políticas de Estado basadas en evitar la reproducción. O sea, actuar sobre las causas –prevenir-, que es la única forma de resolver genuinamente los problemas. Para ello, el único método que ha probado ser ético, eficaz y económico es la castración quirúrgica, que debe abarcar a los animales con y sin dueño. Está claro que de este modo (evitando los nacimientos) se reduce el número de nuevos animales en la calle, tanto por haber cortado la posibilidad de reproducción de los que ya están en la calle como por haber cortado la posibilidad de reproducción de esos animales con dueño. Porque así, se reduce el número de potenciales abandonos y se aumenta el de potenciales adopciones. Y también es obvio que al haber menos perros y gatos se pueden reubicar con más facilidad a los que estén en la calle o a aquellos cuyos dueños incumplan las leyes, y resulta más factible y económico el control sanitario de todos ellos.Por eso, castrar no sólo es la mejor forma de evitar la superpoblación (con todas las consecuencias negativas que esta superpoblación ocasiona tanto para los animales como para la comunidad), sino que permite al mismo tiempo avanzar hacia un real y efectivo control de las zoonosis.

Si bien trataremos el tema económico más adelante, enfatizamos desde ya que estas acciones no constituyen un gasto sino una inversión, ya que las proyecciones señalan que al cabo de pocos años de castración masiva y sistemática se podrá controlar la superpoblación de perros y gatos.

Al respecto, hay que remarcar que para obtener resultados se debe actuar con criterio epidemiológico, tal como sucede en todo lo que tiene que ver con prevención. En el caso que nos ocupa, esto equivale a decir que cuantos más animales se castren en el menor tiempo, más rápido se lograrán los resultados.En este sentido, para que las acciones tengan impacto poblacional, en los primeros años deben abarcar anualmente –como mínimo- a un 10% de la población estimada de animales, y luego la cantidad de intervenciones necesarias irá disminuyendo progresivamente. 

En cuanto a la segunda conclusión falsa a la que nos referíamos al principio (que el problema se soluciona retirando a todos los animales que hoy están en la vía pública), constituye un afán por “limpiar” la calle, más que por solucionar el problema. Esto no sólo no solucionaría el problema sino que es imposible (porque no se puede resolver de la noche a la mañana una situación que es consecuencia de décadas de malas políticas). Y además –aunque fuera posible- haría colapsar cualquier sistema. Se trabaja por etapas, y en la primera de ellas de ningún modo puede plantearse como objetivo inmediato hacer “desaparecer” de la calle a los animales. Pero luego de esta etapa de transición vendrá otra en la cual su número irá disminuyendo, ya que la comunidad los podrá ir ‘absorbiendo’.

Queda claro que la única forma de resolver es actuando con políticas preventivas, y por eso es que remarcamos la importancia de no dejarse confundir: quienes sostienen que “el problema es el abandono” (adjudicando así la culpa a la gente) generan y mantienen la confusión entre causas y consecuencias, a veces por desinformación, otras veces por falta de reflexión y en otros casos simplemente por mala fe.

En definitiva, el “abandono” o el hecho de que haya perros y gatos sin dueño –en todo caso- es consecuencia de la superpoblación, y la superpoblación es consecuencia de las malas políticas aplicadas por el Estado en esta materia. 

Vamos entonces a hablar ahora acerca del tan mentado tema de la educación…

Si uno aspira a avanzar y a construir lo nuevo es indispensable empezar ‘sacándose de encima’ los prejuicios, mitos, frases hechas y lugares comunes, porque son los que opacan (cuando no –directamente- disuelven) nuestra conciencia crítica, actuando así como un lastre.Y un ejemplo paradigmático de lo que no sólo inmoviliza sino que empuja hacia atrás es que se siga sosteniendo que el problema de la superpoblación de perros y gatos y de que haya animales sin hogar es culpa de la gente.

Se parte del concepto de que la gente es irresponsable y ‘mala’, y que no quiere castrar a sus animales, los abandona y no adopta. Quienes mantienen esto aseguran que el problema es que a la gente le falta educación, y por lo tanto, la solución que proponen es: educar a la gente. ¿Cómo? Con discursos y sermones que le dicen que tiene que ser “responsable”… Y también imponiéndoles multas y sanciones…En este punto, para ilustrar acerca de algunos de estos mitos, vamos a servirnos de 2 ejemplos prácticos: quienes en la Argentina hayan visitado dos Centros oficiales -el Instituto de Zoonosis Luis Pasteur de la Ciudad de Buenos Aires (en adelante: el Pasteur), y el Centro Municipal de Sanidad Animal y Zoonosis de Almirante Brown (en adelante: el Centro de Almirante Brown), habrán notado algunos contrastes importantes entre ambos. Uno que se percibe de inmediato es que mientras el primero se parece bastante a un páramo, en el segundo la actividad es febril y se ve la masiva concurrencia de los vecinos.Otro contraste es que mientras en el Pasteur se habla profusamente sobre la supuesta ‘falta de educación de la gente’, en el Centro de Alte. Brown insisten siempre con la frase “El Estado educa con el ejemplo y en la acción”.

Frente a esto, uno se pregunta: “¿Qué hace la diferencia? ¿Es que la población de Almirante Brown (que está sólo a 24 km de distancia) es más ‘educada’ que la de la Ciudad de Buenos Aires?”.Es obvio que la diferencia no puede ser ésa… Así que analicemos ambas situaciones y encontraremos la respuesta. El elemento que surge de inmediato es que en el Centro de Almirante Brown no partieron de la premisa de culpar a la gente sino de otra diametralmente opuesta, basada en una concepción de respeto por la Comunidad. O sea, encararon los viejos problemas con una “nueva mirada”.

Allí ya sabían que en los municipios en los que el Estado mata animales activa o pasivamente, o no se ocupa de hacer nada preventivo para evitar el problema de superpoblación, la gente cumple menos las normas, abandona más y adopta menos… (o sea, “sigue el ejemplo”…). Y habían comprobado que era inútil dar discursos ‘educativos’ si el Estado trataba a los animales como “material descartable” y si la población no tenía acceso al servicio…

Así fue que orientaron su trabajo desde el concepto de que cuando el Estado da el buen ejemplo, la gente responde bien. Por eso, ellos dicen que “la esterilización masiva no sólo controla la superpoblación de perros y gatos, reduciendo -a la vez- los riesgos de zoonosis, sino que –al mismo tiempo- educa al ciudadano en la responsabilidad respecto de sus animales”. Y vuelven a insistir: “El Estado educa con el ejemplo y en la acción”. No con sermones.

Ésa es la respuesta. Lo que hace la diferencia entre ambos Centros oficiales es que en el de Almirante Brown se rigen por la idea de que primero hay que darle a la Comunidad los medios que le permitan ir resolviendo problemas y modificando conductas, y van comprobando la buena respuesta de la Comunidad. No podía ser de otra manera, porque una política es bien recibida y aceptada por la población sólo cuando respeta a aquellos que van a ser los destinatarios de esa política, y sólo de ese modo se pueden lograr resultados efectivos.

Otra diferencia importante es que mientras en el Centro de Almirante Brown enfatizan que el servicio que prestan está dirigido a toda la Comunidad, en el Pasteur insisten en que debe ser brindado sólo a los animales sin dueño o a aquellos cuyos dueños son “carenciados”… a pesar de que está ampliamente demostrado que con ese enfoque restrictivo (por los motivos que explicaremos más adelante) cualquier Programa está destinado al fracaso. 

Pasando a la cuestión de los recursos, al abordar estos temas uno suele encontrarse con quienes –de inmediato- le ‘disparan’ con indignación: “¿Cómo el Estado va a utilizar recursos económicos para ocuparse de los perros y de los gatos, si no hay plata y hay niños que se están muriendo de hambre?”.Dicho así, cualquiera se siente avergonzado por pretender semejante desatino. Y cae en la trampa de resignarse a la situación, concluyendo que es imposible modificarla…

Pero apenas se amortigua el golpe, cualquiera se da cuenta de que –siguiendo esa misma línea de razonamiento- también a alguien se le podría ocurrir que los municipios en los que se viven esas situaciones (que son la mayoría en el planeta, lamentablemente) no deberían ocuparse ni destinar recursos, por ejemplo, a todo lo que hace a la actividad cultural. Y con este mismo argumento hasta se podría llegar a la conclusión de que ni siquiera hay que ocuparse de la Educación… Porque frente a la tremenda y dolorosa realidad de niños muriendo de hambre, toda otra cuestión aparece como menos importante y –por lo tanto- prescindible o postergable.

La evidente incoherencia de tales argumentos es que –más allá de la desgarradora realidad de lo que sucede con nuestros niños- nada tiene que ver un tema con el otro, ya que no se está proponiendo quitar recursos asignados a resolver la problemática de los niños (o de cualquier otra) para destinarlos a los animales.

De hecho, en la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, se vota cada año presupuestos separados para cada fin, y en el tema que estamos tratando se destina ese presupuesto al Pasteur. Pero -de todos modos- como resolver estas situaciones también forma parte del cuidado de la Salud de la población, esto justifica con creces asignarle los recursos necesarios.

 

Para que quede más claro aún, resulta útil mencionar algunos datos que corresponden al Pasteur: su presupuesto es holgado; su dotación de personal es de alrededor de 150, de los cuales más de 60 son veterinarios; y en cuanto a su infraestructura, cuenta –entre otras cosas- con 3 quirófanos en la sede, un quirófano móvil, y la posibilidad adicional de que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (G.C.B.A.) habilite locales adecuados en puntos estratégicos para que se efectúen las acciones de esterilización quirúrgica en los distintos barrios.Sin embargo, este ente oficial que goza de tan generosos recursos, en una Ciudad con una población entre 5 y 6 veces mayor que la de Almirante Brown, no llega a efectuar ni la mitad de las castraciones que realiza ese municipio (en realidad, tal vez sólo llegue a la tercera parte…). Y una de las excusas que suele utilizar es –precisamente- la de la “falta de recursos”…
Me avergüenza tener que referirme así a mi ciudad, pero la realidad es que el mal ejemplo de la Ciudad de Buenos Aires nos permite comprobar que –como sucede casi invariablemente- lo que falta no son recursos sino voluntad política. Porque –casi siempre- los recursos necesarios ya están. Y no sólo “están”, sino que año tras año se desaprovechan, en vez de optimizarlos y administrarlos correctamente poniéndolos al servicio de las necesidades que tienen los ciudadanos.
Esto nos conduce entonces a una reflexión casi obligada: ¿No será que ya es tiempo de darse cuenta de que hay que pensar el tema exactamente al revés? Es decir, ¿no es tiempo ya de comprender que implementando políticas preventivas -que no sólo apuntan a la protección de los perros y gatos que conviven con los vecinos sino al cuidado de la Salud Pública y al mejoramiento de la calidad de vida de toda la población- se estará dejando de malgastar los recursos? .
Llegamos entonces precisamente al rol del Estado en este tema.
Ya mencionamos la intromisión que ejerció el ser humano al ingresar y adaptar a estas especies al seno de la sociedad y también uno de los efectos de esa domesticación, que es la pérdida de la capacidad de autorregular su población. También mencionamos el problema de superpoblación y su consecuencia más visible, que es que hay animales en la calle, sin un hogar que los albergue, y hemos enfatizado sobre la necesidad de resolver esta situación actuando preventivamente.
Resta solamente refrescar en la memoria el concepto de que el Estado es “la sociedad, organizada a través de sus leyes” para comprender que si el problema ha sido creado por la sociedad por haberlos domesticado, haciéndolos depender del ser humano, es la misma sociedad, organizada a través de sus leyes (el Estado), quien debe brindar la solución. Y obviamente, tal solución debe regirse por principios éticos que se sustenten en el respeto por la vida, no sólo porque el Estado no puede avalar, sea por acción o por omisión, “soluciones” éticamente reprobables sino porque –como está ampliamente demostrado- quienes eso hacen están optando por un sistema ineficaz y antieconómico. 
Pasemos a algunos otros mitos y respuestas ‘automáticas’ con las que suele encontrarse cualquier persona al encarar estos asuntos, y veamos su irracionalidad.Una de ellas es la que les asigna a las ONGs la responsabilidad de solucionar la situación de los animales sin dueño.
Es cierto que –de hecho- desde hace muchísimos años un gran número de entidades protectoras -en algunos casos en forma institucional y en otros individualmente- lo vienen intentando (alojándolos, manteniéndolos, costeando su atención veterinaria y su castración quirúrgica y tratando de conseguirles hogares). Y también es cierto que debido a la inexistencia de políticas estatales preventivas en la materia se encuentran sobrepasadas, porque sus acciones pueden compararse a quien trata de vaciar un bote que está haciendo agua, con una cucharita… Pero independientemente de eso, veamos la diferencia en el concepto: cuando una organización defensora de los Derechos Humanos denuncia violaciones a estos derechos, reclama leyes que los protejan, o –si ya existen- exige su cumplimiento, a nadie se le ocurre que a la entidad le corresponde llevarse a sus locales o a sus casas a las víctimas cuyos derechos fueron violados… Del mismo modo, si Greenpeace denuncia que se contamina el agua de los ríos con residuos tóxicos, y exige que se respeten las leyes al respecto, a nadie se le ocurre que Greenpeace tenga que encargarse de hacer la tarea de depuración de las aguas, de llevarse a sus locales o a sus casas los residuos tóxicos y también de llevarse a las víctimas de la contaminación y darles atención médica…

En esos casos, resulta claro para todos que el rol de las entidades es: denunciar esas situaciones, presentar propuestas, luchar para que se logre legislación adecuada y luego controlar que el Estado la cumpla. Ahí, no hay dudas. Sin embargo, cuando de entidades que se ocupan de la problemática de perros y gatos se trata, esas respuestas hipotéticas –de evidente irracionalidad cuando se trata de otro tipo de ONGs- aparecen como si fueran lógicas y naturales.

No sólo está fuera del alcance de las entidades protectoras solucionar esta situación sino que no corresponde que el Estado delegue en los particulares tal obligación. En primer lugar, porque es su responsabilidad ya que le compete a la sociedad en su conjunto, a la que el Estado representa. Además, porque es su interés que esta problemática se resuelva, ya que hace al cuidado de la Salud Pública (una de sus funciones indelegables) y al mejoramiento de la calidad de vida de toda la Comunidad. Sumado a eso, porque de esta manera cumple también con otra de sus funciones indelegables que es la de educar, y lo hace de la única forma efectiva: con el ejemplo y en la acción.

Por último, porque sólo el Estado está en condiciones de hacerlo, por ser el único que dispone de todos los recursos necesarios para llevar la tarea adelante y que resulte exitosa, ya que tiene el presupuesto, el personal, la visión global; la posibilidad de realizar las acciones combinándolas con: difusión, monitoreo, legislación necesaria para estimular a la gente a esterilizar a sus animales, programas educacionales, etc.No obstante, y esto lo demuestran numerosas experiencias (como la de Almirante Brown, por ejemplo), cuando el Estado implementa las políticas correctas, siempre encuentra ONGs dispuestas a colaborar. 
Otra respuesta ‘automática’ con la que uno suele encontrarse es la que sostiene (como ya esbozamos anteriormente) que el servicio público -la esterilización quirúrgica de animales, en este caso- debe estar dirigido sólo a los sectores carenciados. Éste es un concepto totalmente equivocado.El servicio debe estar dirigido a toda la comunidad. Veamos por qué.
Gran parte de la población ya sabe (y si aún no lo supiera, no es difícil lograr informarla) que la castración quirúrgica es el método eficaz y ético para evitar la proliferación de perros y gatos, pero la mayoría no puede realizarla en forma privada.
Hay que llegar al objetivo de lograr un equilibrio entre la población de perros y gatos y la cantidad de hogares en condiciones de recibirlos. Para que eso sea posible, las castraciones deben realizarse en forma masiva, siendo la gratuidad del servicio un factor fundamental para conseguir esa masividad. Y -en la situación económica de la mayoría de la gente- la imposibilidad de pagar servicio veterinario privado no sólo abarca a las personas de bajos recursos sino a muchos otros sectores.No obstante, es evidente que dirigir el servicio a toda la población no significa que todos lo van a requerir… Sin duda, la mayoría de las personas que pueden pagar honorarios privados seguirá yendo a los consultorios privados. Y es cierto que probablemente va a haber casos puntuales de alguna persona que -aun teniendo dinero para recurrir al servicio privado- no esté dispuesta a pagar y requiera el servicio público, y es importante comprender que hay que dárselo. Primero, porque tiene derecho, por ser un contribuyente. Pero además, porque es obvio que si a esa persona (que si no está dispuesta a pagar, no va a ir a un consultorio privado) se le negara la prestación, toda la Comunidad se verá afectada por las consecuencias de que ese animal no haya sido esterilizado.Otra razón para enfatizar que el servicio debe ser para todos es que establecer esta clase de restricción supone exigirle a la persona una demostración de que es carenciada (un “certificado de indigencia”, por ejemplo), lo que –además de ser inadmisible por humillante- implica una odisea burocrática interminable y aún más costosa.

 

Y por último, porque son innumerables las experiencias (nacionales e internacionales) que demuestran que las restricciones de este tipo conducen a cualquier programa al fracaso porque sólo sirven para desalentar la utilización del servicio, que es exactamente lo contrario de lo que se necesita.Ésta debe ser, entonces, una política de Estado. Y eso incluye: difundir los beneficios de la esterilización quirúrgica, efectuar las acciones en lugares y horarios accesibles, informar cuándo y dónde se realizan, y hacer conocer a la población su derecho a utilizar el servicio. Porque, como en toda acción de prevención, no se logran resultados si se deja a la gente librada a sus habilidades detectivescas para conseguir la información.
Además, el servicio debe tener una calidad tal, que lo haga merecedor de ser recomendado ‘de boca en boca’.
Es el Estado, entonces, quien debe brindar el servicio de castraciones quirúrgicas masivas de perros y gatos para lograr el control de la superpoblación, con el objetivo de resolver una situación sanitaria y social brindando un servicio que la Comunidad necesita y –en muchos casos- reclama. Pero resulta que como en este tema (al igual que en muchos otros) la ética y la eficacia ‘van de la mano’, de esta manera también se logra el objetivo de proteger a los animales.
Ya vimos que la culpa de esta situación no la tiene la gente; que no son las ONGs quienes deben hacerse cargo de las consecuencias de las malas políticas; que el Estado debe ocuparse; que hay que dirigir el servicio a toda la población; y que todo esto sólo depende de voluntad política y no tiene que ver con falta de recursos sino con dejar de malgastar los ya existentes.¿Por qué, entonces, en muchos lugares se insiste en sostener ideas viejas y en seguir haciendo lo que es antiético, antieconómico y -a todas luces- ineficaz? ¿Por qué hay tanta resistencia a implementar otras políticas?
Y aquí debemos señalar la conjunción de varios factores, que –por el importante rol que algunos de ellos desempeñan en el sostén de mitos- se convierten a nuestro entender en responsables de que la situación permanezca sin resolver:
*en primer lugar, tenemos que deplorar la existencia de las presiones ejercidas por el gremio veterinario, que –defendiendo intereses de tipo corporativo- se opone a que el Estado brinde servicio público, por considerar que si lo hiciera estaría incurriendo en “competencia desleal” con el sector privado (y así lo han manifestado en numerosas ocasiones –como consta en la abundante documentación de la que disponemos- dejando claro que tienen con el Estado un conflicto de intereses).
*otro factor es el de aquellos organismos ejecutivos que se aferran a prácticas obsoletas, ya sea por la inercia que los lleva a sostener los “usos y costumbres”, o –en muchas ocasiones- por coincidencia con los intereses de tipo corporativo ya mencionados.
*también influye la postura de las entidades que -proclamándose “protectoras” de animales- equivocaron el rumbo, confundiendo causas con consecuencias, viendo a la Comunidad como su enemiga, y –en el mejor de los casos- pretendiendo (infructuosamente, como era previsible) reemplazar al Estado en su rol, o –en el peor de los casos- transformándose en verdugos de aquellos a quienes dicen proteger.
*y también los legisladores que no se atreven a dar importancia a estos asuntos, pudiendo encontrar –incluso- a quienes se niegan a tratar el tema movidos por el temor a que los medios de comunicación los ridiculicen…
Sobre este aspecto, resulta ilustrativo citar al Dr. Jorge Castells, quien, además de haberse comprometido con esta causa durante los últimos meses de su mandato como Concejal de la Ciudad de Buenos Aires, comprendió cabalmente la problemática, lo que lo llevó en 1996 a tener una participación descollante en la sanción de la norma constitucional ya mencionada, cuando se desempeñó como Convencional Constituyente de la Ciudad. Tiempo después, refiriéndose a los obstáculos que le había tocado enfrentar en el Concejo Deliberante respecto de este tema, dijo que “lo que había era una mayoría de concejales temerosos. Temerosos de introducir un cambio. Y había otros que eran indiferentes. Y los indiferentes, generalmente siguen a los temerosos”…
En síntesis: quienes contribuyen a que nada cambie son aquellos que (desde distintos sectores) eligen no priorizar la ética y el beneficio de la sociedad en su conjunto, lo que no sólo perjudica a los animales y deteriora la calidad de vida de la población sino que pone irresponsablemente en riesgo a la Salud Pública. 
Ya contamos con elementos suficientes para analizar el concepto de “Tenencia Responsable”, que–según aseguran- es “la única y verdadera solución”. El objetivo al que –sostienen- hay que apuntar.La definición que de ella hizo en 1995 la Comisión Técnica Asesora en Normas de Procedimientos para el Manejo y Control de Poblaciones de Animales en Centros Urbanos de la Provincia de Buenos Aires, del Ministerio de Salud de esa Provincia –y que es similar a la que se utiliza en el resto del mundo- dice:"Definimos la TENENCIA RESPONSABLE como la condición por la cual una persona tenedora de un animal asume la obligación de procurarle una adecuada provisión de alimentos, vivienda, contención, atención de la salud, control de la reproducción y buen trato durante toda la vida, evitando asimismo el riesgo que pudiere generar como potencial agresor o transmisor de enfermedades a la población humana, animal y al medio ambiente.
"Como se puede apreciar, para que alguien pueda quedar encuadrado en la categoría de persona “responsable”, según esta definición debería cumplir con mayores responsabilidades y obligaciones que las que se les fijan a los padres con sus hijos, y además, está claro que –según esta definición- los pobres jamás podrían ser considerados “responsables”…
Por otra parte, resulta algo insólito que no existiendo servicio veterinario público el ciudadano -so pena de ser considerado “irresponsable”- tenga la obligación de pagar por servicio privado para “procurarle a ese animal atención de la salud, control de la reproducción, (…) evitando asimismo el riesgo que pudiere generar como potencial agresor o transmisor de enfermedades a la población humana, animal y al medio ambiente”.
Nuestro desacuerdo es tanto conceptual como estratégico, porque
*se parte de una concepción de desvalorización y de desprecio por la gente, a la que –en perfecta maniobra de profecía autocumplidora- se termina definiendo implícitamente como “irresponsable”, lo que –además- es contraproducente, ya que genera una natural respuesta de rechazo;y porque
*al fijarse un objetivo inalcanzable (porque… seamos sinceros: ¿quién puede cumplir con esa definición?), quienes hoy decidan regirse por este concepto condenan sus acciones al fracaso… 
En nuestra opinión –si bien es un título que puede ‘sonar bien’- se trata de un criterio que no sólo no ayuda a avanzar sino que contribuye a sabotear cualquier avance. Porque tenemos la absoluta convicción de que en esta etapa del proceso, se debe poner el foco en lograr que exista un Estado responsable. Y recién cuando se haya logrado ese objetivo, habrá llegado el momento de exigirle a la gente mayores responsabilidades.
Los enfoques que descalifican y desprecian a la población impiden modificar positivamente. Y no se obtienen buenos resultados cuando desde los poderes del Estado se insiste en ver a los ciudadanos desvalorizándolos y actuando con ellos como si fueran “el enemigo”, a quienes -empleando el criterio medieval de que “la letra, con sangre entra”- se pretende ‘educar’ a través de penas, multas y sanciones. Por el contrario, en nuestra opinión, la idea es trabajar desde el concepto de que sólo cuando el Estado da el buen ejemplo y colabora con la Comunidad, encuentra ciudadanos dispuestos a responsabilizarse y a colaborar en correspondencia.
Pero aun suponiendo que se coincidiera con el concepto general y que fuera un objetivo posible… o deseable… se trataría –incluso- de un error que podemos denominar “cronológico”, ya que es como querer empezar por el final… Porque lo cierto es que si lo que se pretende es “educar a la gente para lograr la Tenencia Responsable”, lo primero que debería hacerse en esta etapa es formar a los “maestros” que tendrían a su cargo tal tarea. Y para lograrlo, está claro que –como primera medida- habría que desterrar por completo en esos educadores las ideas (y las prácticas) referidas al sacrificio de animales, ya que –de lo contrario- sus “enseñanzas” resultarían poco creíbles… 
Y si bien alguien podría suponer que el concepto de Tenencia Responsable se ha tratado de imponer porque (a través de varias de sus múltiples exigencias) produciría –hipotéticamente- beneficios económicos al sector veterinario privado, la realidad que vive la mayoría de las personas hace que tales beneficios sólo sean una fantasía… Pero –aunque no lo fueran- lo fundamental es –y seguirá siendo- que quienes tienen responsabilidades de gobierno tengan muy presente que ningún interés sectorial puede estar por encima del interés y de las necesidades de la Comunidad.
Para terminar con este tema de “Tenencia Responsable”, sí pensamos que –sin duda- es una aspiración genuina que los animales tengan dueños capaces de brindarles las mejores condiciones de vida, y que –en muchos casos- hoy no pueden resolverse situaciones en las que no reciben buen trato porque la única otra opción que se les ‘ofrece’ es la muerte. También aquí se ve lo extemporáneo del concepto, porque tal vez, entonces, deberíamos pensarlo en estos términos: “A menor cantidad de animales, se podrá pretender mejor ‘calidad’ de dueños”. 
Quiero ser lo más breve posible sobre los mitos acerca de los animales agresivos, ya que el tema está ampliamente desarrollado en uno de los libros de la Colección Fundamentos -del cual soy co-autora-, editado por el Centro de Ambiente y Fauna.
Al respecto, se debe hacer una distinción importante: es cierto que algunas personas “comunes” aprueban (o hasta piden) el sacrificio de perros y gatos con o sin dueño, supuestamente agresivos o verdaderamente agresivos, y lo hacen por desinformación, por prejuicios o por ignorancia. Pero cuando tal posición es defendida por funcionarios o legisladores, tenemos que tener claro que no es admisible que ellos actúen por desinformación, prejuicios o ignorancia, ya que semejantes “atributos” son incompatibles –por sí mismos- con funciones de tal responsabilidad. Y tampoco es admisible en quienes dicen proteger a los animales. Y mucho menos en los veterinarios…
Sabemos de la indignación que despierta el hecho de que alguien haya sido lesionado por un animal, o por cualquiera. Sabemos lo difícil que le resulta al dueño aceptar el haber sido lesionado por su propio perro o gato, sobre todo por la “herida narcisista” que esto supone. Y sabemos que para algunos puede resultar antipático que se defienda la vida de un animal que tal vez desfiguró a alguien, especialmente cuando se trata de un niño. Pero también sabemos otras cosas:
* que debemos actuar como seres (humanos) pensantes;
* que matar al animal que produjo a alguien una lesión no evita las secuelas físicas o psíquicas al lesionado, ni tampoco se justifica para prevenir otros episodios, sino que constituye –lisa y llanamente- una toma de represalias;
* que no estamos de acuerdo con la pena de muerte para los humanos (seres racionales y –como tales- responsables de sus actos) y que también la repudiamos cuando se trata de un animal, más aún teniendo en cuenta que no sólo no es responsable de sus actos sino que hace lo que hace condicionado casi por completo por su entorno humano.
Suponiendo que se hubiera arribado a un diagnóstico científicamente confiable de agresividad o de peligrosidad), aún para los casos más graves existe una amplia variedad de recursos que pueden ser efectivos para resolver la situación y que nada tienen que ver con sacrificar al animal. Según el caso del que se trate, éstos consisten en: castración, terapia de la conducta, y terapias alternativas (obteniéndose muy buenos resultados con la homeopatía, siendo una veterinaria homeópata –la Dra. Patricia de la Vega- quien en el libro expone sobre este enfoque terapéutico). Y para aquellos casos excepcionales, de animales en los que se hubieran implementado los tratamientos sugeridos precedentemente, y éstos no hubieran dado resultado; o en los que las circunstancias indicaran la virtual imposibilidad de implementar dichas terapéuticas, también existe una solución. Se trata de una técnica sencilla, desarrollada en la Argentina por la Dra. Cristina Dali (Médica Veterinaria, integrante del equipo de asesores del Club de Animales Felices, también co-autora del libro), que consiste en limar las piezas dentarias que puedan provocar daño. 
Quiero finalizar con un párrafo del Prólogo de los libros de la Colección Fundamentos, donde se dice que el denominador común de las experiencias innovadoras es que todas obtienen el “No. Esto es imposible” como punto de partida. Pero también se señala que con creatividad, valentía y perseverancia es posible demostrar que las cosas pueden ser diferentes, y que “hacer, es posible”. Y se sostiene que para dar el primer paso, lo que importa es tener una idea y encarar los viejos problemas con una nueva mirada.Consideramos que con lo que hemos expuesto (que podrá ser ampliado ante el requerimiento de los funcionarios, legisladores, candidatos y entidades protectoras que así lo soliciten) estamos aportando la información necesaria para que las nuevas ideas y las nuevas miradas trasciendan. Y esperamos haber contribuido para que quienes han asumido o asuman de aquí en más responsabilidades de gobierno puedan evitar ser confundidos en su buena fe.
Porque hemos pasado por ello, sabemos el gran esfuerzo que supone romper los cerrojos del pensamiento.
Pero también sabemos que se trata de una experiencia sumamente grata y enriquecedora cuando se comprueba que se ha logrado ampliar el campo de las ideas (propias, y ajenas). Y más grata y enriquecedora aún cuando se comprueba que muchos -como es el caso de Almirante Brown- han tenido la valentía de atreverse a cambiar el curso de la Historia.Muchas gracias por su atención y por su paciencia.    
NOTA: En el texto se utilizan indistintamente los términos “castración” y “esterilización” entendiéndose –en ambos casos- como extirpación quirúrgica de gonadas, sean ovarios o testículos. 
 

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